| Beto: | ¿Sabías que Michel Houellebecq se graduó de ingeniero agrónomo? |
| Lalo: | Pos no sé, a mí me gustan cuando en sus novelas a alguien le dan por el culo. |
| Beto: | …Por cierto ¿te haces un poquito hacia allá? Ya me está doliendo. |
| Lalo: | No te hagas el joto. |
| (Risas.) | |
| Beto: | La novela Plataforma de Houellebecq se trata de la, como definirlo, incapacidad de amar, la búsqueda de afecto y placer sexual en otras culturas. Todo desde el, me parece, contexto de la decadencia europea y, pues, los peligros del integrismo musulmán. |
| Lalo: | No manches. A mí me gustó una buena parte de la pinche novela, pero con más de la mitad me hubiera limpiado el culo. La leería de nuevo, pero saltándome un chingo de páginas. Además se me hace increíble que alguien como Valérie se enamore de un pinche pendejo cabrón fracasado como Michel. |
| Beto: | ¿Es que no te gusta la, como decirlo, novela filosófica? |
| Lalo: | Pos depende. Un amigo me dijo que toda buena novela es una novela filosófica. O sea, no es necesario sacrificar o supeditar la historia a la filosofía, la política o lo que quieras. Cuando una historia está chida, la filosofía le sigue. Lo cual no sucede al revés. Por muy importantes que sean las cuestiones filosóficas que una novela intenta abarcar, si la historia no está bien contada o no es chingona, la pinche novela está cagada. |
| Beto: | ¿O sea que no te gusta cuando me hago el filosófico? |
| Lalo: | Me gustas cuando te agachas a recoger el pinche jabón. |
| Beto: | Pero no seas tan naco, al menos usemos jabón líquido. |
| (Risas.) | |
| Beto: | ¿Crees que lo de la ganga sospechen? |
| Lalo: | ¿Qué? ¿Que te hago hacer sentaditas en mi verga? |
| Beto: | Yo no lo describiría de esa manera, pero...¿Recuerdas lo que Houellebecq dice en Plataforma?: Envejecer no es ningún chiste, pero envejecer solo es lo peor que te puede pasar. Y ya que ninguno de nosostros dos ha tenido novia desde hace tanto tiempo... Es un poco, como decirlo, pues, natural. Eso, natural, que seamos tan cercanos... |
| Lalo: | Ya te estás poniendo tierno. No mames, Beto. |
| Beto: | ¿Me das un beso? |
| Lalo: | Órale. |
| Beto: | ¿De veras? |
| Lalo: | Primero chingas a tu putísima madre, pendejo. |
| (Risas.) |

Tiene mucha gracia ver un filme tan endiablado como The Sweet Smell of Sucess(1957). Sidney Falco(Tony Curtis) es un encantador y rastrero agente de prensa que es capaz de cualquer cosa por una línea en la columna de chismes. J.J. Hunsecker(Burt Lancaster) es un despiadado columnista cuya única debilidad es su hermana menor(Susan Harrison). Ella, una pacata que sólo puede soñar con escapar de la influencia de su exitoso hermano. Su novio(Martin Milner), un acartonado guitarrista de jazz a quien su sincera ingenuidad le termina costando la chica. Todos retorcidos y, mientras más retorcidos, más encantadores. (El paraíso debe de ser un lugar sumamente aburrido.)
Tiene su gracia ver una obra tan bien hecha, con un ritmo de tren urbano y que muestra el lado tenebroso de la bestia humana con tanta claridad. Y ¿saben qué? Luego de un obra así, uno se puede mirar en el espejo sin sentirse muy incómodo. A menos que desde el espejo te miren Falco o Hunsecker.
Oye, guapo: hoy te ves menos viejo que ayer. (Guiño, guiño.)
(Me agarro los huevos y pienso en tu hermana.)
Hace unos días, El País publicó una especie de encuesta entre varios escritores preguntándoles por qué escriben.
Lo primero que salta a la vista es cuántos escritores escriben porque no saben hacer otra cosa. Empezando por Vargas Llosa, a quien incluso su mujer le ha dicho que es para lo único que sirve(si aquello es verdad, me pregunto porque Varguitas sigue intentando meter las narices en tantas otras actividades).
¿Será cierto que quienes se dedican al maltrato del teclado no saben hacer otra cosa? Digo, a uno de pronto le gustaría que Andrés Neuman, por ejemplo, fuera una exitosa mascota de club de fútbol. ¿Lo habrá intentado alguna vez, Andrés?
No sé. Qué bueno sería leer a alguien que haya sido un excelente delantero del River Plate pero que haya escogido las letras. Esos sí sería romántico. Alguien que pudo haber hecho cualquier otra cosa pero que quedó prendado con eso de tratar de acomodar palabras. Alguien que, como un tal Tales de Mileto, hubiera podido hacerse millonario si aquello de cobrar renta no le hubiera importado tan poco.
En cambio, parece que la mayoría de escritores no sirven para otra cosa. (Dicho sea de paso y aquí entre nosotros, algunos ni siquiera para escribir sirven. Que Dios los bendiga.)
Me gusta la respuesta de Javier Marías, que al final dice
Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.
Buena, Javier. Lo has dicho todo con la elegancia y falta de carisma que te caracteriza. Nadie se moriría si no pudiese escribir, estoy de acuerdo. Para ganar algún dinero, definitivamente. Aunque tengo que confesar, nunca he comprado ni creo que compre un libro de Marías.
Quizá la mejor respuesta, sin embargo, sea la de Umberto Eco:
Porque me gusta.
Así, corto y directo.
(Yo no sabía que Umberto Eco todavía estaba vivo, por cierto.)
Al final me apena que no hayan entrevistado a Jorge Volpi. Me lo imagino haciendo eco del laconismo y sinceridad del italiano.
P: ¿Por qué escribes, Jorge?
Porque soy feo.
La verdad os hará liebres, diría Levrero.
Los buenos escritores tienen estas dos cosas de común: prefieren ser comprendidos a ser admirados, y no escriben para el lector demasiado astuto y demasiado crítico.
—Friedrich Nietzsche (Citado aquí.)

Siempre he sido un fanático del boxeo. Creo que se puede aprender mucho de aquel noble deporte y, luego de la pelea entre el campeón filipino Manny Pacquiao y el mexicano Antonio Margarito, debo decir lo siguiente:
A juzgar por el rostro de Antonio Margarito al final del doceavo round, el boxeo es un deporte bastante parecido a la vida: ayuda tener dinero, hay que esquivar golpe tras golpe y, no importa lo que hagas ni cuanto intentes evitarlo, alguna vez has de acabar con el rostro bastante jodido.
Hace varias semanas Magarito y su equipo -en el que parece haber varios miembros de pandillas y, en general, gente de muy baja estofa- se burlaron de Freddie Roach, el entrenador de Manny Pacquiao quien sufre desde hace varios años de Parkinson. En un video aparecía Margarito imitando la falta de sincronización facial y verbal de Roach. Luego de la pelea con Pacquiao, uno se pregunta si a Margarito, de ahora en adelante, se le hará natural aquella mueca del video.
Como siempre, la idiotez se disfraza, sin mucho esfuezo, de orgullo nacional. Luego de la brutal paliza, que no terminó en tragedia gracias a la misericordia de Pacquiao -virtuoso humanitario-, Margarito reveló que su esquina ni siquiera pensó en tirar la toalla blanca pues no hay nada que levante más el orgullo nacional que un estúpido masacrado en nombre de su país. Tiene mucha razón.
Demostrando que no es lento sólo dentro del cuadrilátero, Magarito, desde su cama de hospital y varios después de la pelea, telefoneó a Pacquaio para felicitarlo “por se el mejor peleador del mundo”.
En realidad no se puede culpar a Margarito por no tirar la toalla o refugiarse en la lona. Al contrario, eso demuestra mucha clase. No se puede decir lo mismo de su entrenador, que estaba visiblemente orgulloso de la paliza que su pupilo había recibido. En el boxeo, como en la guerra, quienes más defienden una causa nunca tuvieron que recibir los golpes.
Seguiremos informando.

A estas alturas Thomas Bernhard es un autor totalmente dominante para mí. Quiero decir que, luego de haber leído varias de sus novelas y algunos tomos de su autobiografía, estoy totalmente acostumbrado a su estilo. No sólo eso, sino que su estilo es tan preponderante que, cuando leo algunos de sus escritos, no puedo hacer otra cosa que imitarlo patéticamente cada vez que intento escribir algo. Incluso cuando hablo me sorprendo usando ciertos giros que no puedo describir de otra manera que Berhardianos. Y ¿nunca han escuchado las noticias al estilo Bernhard?
El Sobrino de Wittgenstein(Wittgensteins Neffe) es el escrito que Bernhard le dedicó a Paul Wittgenstein, sobrino del filósofo Ludwig Wittgenstein. En su extensión, relativamente corta, uno encuentra una pequeña lección del estilo del austríaco. El narrador empieza evocando un hecho: la estadía en el ala de enfermedades pulmonares de un hospital, mientras Paul, el amigo, se encuentra en otra área, el ala siquiátrica del mismo hospital. Desde allí empieza Bernhard a, diríase, trazar círculos concéntricos cuyo eje es su amistad con Paul. Cada círculo va revelando nuevas capas que terminan por, aparentemente, dejar exhausto el tema que Bernhard machaca, en este caso, la amistad que lo unió a Paul. Bernhard va y viene con total libertad, atendiendo poco a las convenciones temporales. Se me ocurre que la escritura de Bernhard es un rompecabezas que se va armando a medida que uno lo lee; demenciales improvisaciones en que al final cada pieza queda en su sitio ideal.
El tema entonces es la amistad y, especialmente, la amistad basada en el intercambio intelectual entre Bernhard y Wittgenstein. Los detalles, para beneficio del lector, me los ahorro. Sólo puedo decir que es un escrito absolutamente conmovedor que me ha hecho -y no exagero en lo absoluto- sollozar en algunos pasajes.
Bernhard fue un indiscutible genio literario. Su lectura ha hecho más soportable y disfrutable los meses que he pasado bajo su influjo. Hoy he hecho la resolución de comprar lo que me falta de su obra y leerla mientras pueda. Una de quellas resoluciones que uno se hace.
[…] al fin y al cabo tenía al ser de mi vida, el que, después de la muerte de mi abuelo, fue decisivo para mí en Viena, a la amiga de mi vida, a la que no sólo debo mucho sino, dicho sea francamente, desde el momento en que, hace más de treinta años, apareció a mi lado, se lo debo más o menos todo. Sin ella no estaría ya siquiera con vida y, en cualquier caso, no hubiera sido nunca el que soy, tan loco y tan infeliz, pero también feliz, como siempre.
—Thomas Bernhard - El sobrino de Wittgenstein. Traducción de Miguel Sáenz.
Hoy, 23 de octubre, Iván Thays escribe:
“El eslabón perdido entre John Updike y David Foster Wallace” así califican, según Rodrigo Fresán, al norteamericano Nicholson Baker que en la novela El antólogo (Duomo editores) hace de un crítico literario en sequía un personaje memorable, según Fresán en el ABCD Las Letras del diario ABC.
¿Alguien me explica qué quiso decir Iván Thays? Pensar que alguna revista, de cuyo nombre no me quiero acordar, eligió el blog de Thays como el mejor de crítica literaria en español.
Hace unos días y, a propósito del nombramiento de una estudiante de Criminología como titular de seguridad pública de uno de los municipios con mayor delincuencia en el estado de Chihuahua, México, un periódico local preguntaba:
¿No hay hombres en Chihuahua?
Obviando el prejuicio que supone esa pregunta (¿por qué no habría de ser una mujer perfectamente capaz de asumir este cargo?) y, parafraseando al periódico, pregunto:
¿No hay críticos literarios en la red?
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